La gloria. La leyenda. Un discípulo de la guerra y el desplazamiento. La metáfora y la maestría. El mito. Un hijo, un nieto, un esposo, un padre.
Un discípulo de la guerra y el desplazamiento. Nadie podría suponer que cuando juega, no es el niño que sobrevivió, el que sufrió el asesinato del tronco de su familia y el que vio el incendio de su casa de la infancia. Llevó a su país a la final del Mundial de 2018 y a la semifinal del 2022, de la que Croacia fue eliminada por Argentina, la selección que por primera vez juega un Mundial con Maradona muerto. La metáfora y la maestría. Poco después de perder, Modric declaró: “Espero que Lionel Messi gane la Copa del Mundo, es el mejor jugador de la historia y se lo merece”. Sabe que ya no será campeón del mundo, pero tiene la certeza de que su abuelo estaría orgulloso de todo lo que ha logrado. Es hijo de un técnico que arreglaba autos y de una costurera. Allí aprendió que la memoria, incluso la de su propia desolación, no es una sombra, sino un poder. Su país está, recién, por nacer; mientras el Estado de su nacionalidad originaria se disuelve en una vorágine de sangre y muerte. El futuro capitán de la selección croata, sus padres y su hermana pequeña tuvieron que huir. Juega fútbol en un hotel de acogida y se siente feliz mientras patea la pelota. Le recuerda que es grandioso, que tiene el futuro por delante y que ese futuro puede ser brillante, puede ser feliz.